Hipocresía

20 03 2008

Este tema de Botnia me tiene un poco paspada ya.

Los ambientalistas tienen razón en que el río va a sufrir, sí, eso es cierto. Va a sufrir y probablemente se pudra, pero cuánto más piensan seguir jodiendo con los cortes? o acaso no se dieron cuenta de que no sirven para nada? o acaso no se dieron cuenta de que a los que joden es a los tarados como nosotros que vamos en nuestro auto, pagando nuestra nafta, perdiendo nuestro tiempo y no a los empresarios, que si quieren cruzar pasan en avión y ni siquiera los ven?

Ya sé que no descubro la pólvora y que miles dijeron esto antes. Incluso yo también lo he dicho, el conflicto este solo afecta a la gente, no a los empresarios ni a los gobiernos, ellos siguen tan campantes, mientras nosotros perdemos horas y plata en seguir rumbo a Concordia, donde por ahora prima la cordura y el paso sigue abierto.

Pero bueno, ahora lo digo más enojada que antes y con más conocimiento de causa, porque intentamos pasar por ahí y los funcionarios de Aduana nos informaron que estaba cortado de las 19:00 de ese sábado hasta las 19:00 del domingo. Y allá seguimos, rumbo a Concordia, cabeza gacha, 100 y pico de kilómetros más, rehenes de la locura que ha copado las neuronas que sobreviven en las cabecitas de estas personas.

Y además, lo digo aún más enojada que antes, porque cuando uno pasa por las rutas de Entre Ríos lo que ve son eucaliptus, sí EUCALIPTUS por todos lados… esos árboles maléficos, casi diabólicos que succionan el agua de los pueblos y permiten que funcionen esas sádicas empresas papeleras que como Botnia vienen acá al Sur a aprovecharse de nosotros.

A ver, amigos de Colón y Gualeguaychú: ¿por qué no hacen piquetes en esas plantaciones? o será que acaso esos árboles van a ser usados en hacer caramelitos de eucaliptus y no se los van a vender a una papelera… capaz que yo soy muy mal pensada… debe ser eso.





De coimas y otros menesteres

20 03 2008

Camino a la ciudad de Córdoba, pasamos por un pueblito llamado San Francisco, donde paramos a comer algo. Estiramos las piernas, nos pusimos los cinturones de seguridad y despacito arrancamos por la principal del lugar, donde descubrimos que los semáforos (no sé si por una decisión estética o para joder nomás) son horizontales y chiquititos. Entonces, obviamente, hasta demorábamos en arrancar cuando estaba la verde, porque mucho no se veía el adefesio ese.

Así, con cuidado, pasamos cuatro semáforos cuando escuchamos la bocina de una moto que nos seguía y que no era otra cosa que un inspector de tránsito. “Deténgase” le dijo a Miguel, “pero más adelante”. Pasamos una cuadra, otra y otra, y otra más, intentando parar y el tipo seguía indicando que no, que todavía no era el lugar.

Hasta que se terminaron las casas y apareció un terreno baldío y nos dijo que ahora sí, porque no había tránsito y era más seguro… cabe aclarar que además de nosotros y él, circulaban por San Francisco más o menos unos… bueno, digamos, 3 autos.

Según nos dijo, nos pasamos en rojo el primer semáforo. Y nos explicó que él nos tenía que poner la multa porque con eso que hicimos y el movimiento que había a esa hora podíamos causar un desastre y hasta inventó un niño que venía en bicicleta y que casi atropellamos. Pero que claro, como era domingo no teníamos donde pagar la boleta que nos tenía que hacer y que entonces había que llamar al juez de guardia, que vaya a saber cuánto demoraba en venir, para que él decidiera qué hacer con la situación…

No sé si ya a esta altura quedó claro que lo que estaba buscando era una coima. A nosotros sí nos resultó muy claro, e incluso a él le empezó a dar vergüenza la actuación decadente que estaba haciendo y se sonrojó. Es que él y nosotros sabíamos que la multa que nos quería poner era absoluta y únicamente por tener matrícula uruguaya. Imaginate, en un pueblo perdido en el mapa argentino, donde circularán como máximo unos 100 autos en horario pico y contando todas las calles de la zona, aparece un extranjero y se te avalanzan los chanchos. Te multan hasta por fumar mientras manejás.

Bueno, la cosa es que pasarse un semáforo en rojo (o tener matrícula uruguaya) en este pueblucho cuesta 350 pesos argentinos y él, como nos explicó, cobra una comisión del 20% por multa que pone. “A mi me conviene multarlos, entendés, porque yo cobro por cada multa que pongo?”, nos dijo el muy bestia. O sea, todos sabemos que el 99% de las multas que se ponen son porque el milico quiere cobrar y no por una infracción, pero por lo menos no me lo digas, hermano!!!

Conclusión: 70 pesos de coima al hijo de su madre, que nos dejó seguir mientras seguramente pensaba “ya me hice el día con estos nabos, así que ahora a casa a mirar tele y a esperar que caiga otro uruguayito por estos lares”.